El Paris de Atget

•31 mayo, 2011 • Dejar un comentario

El domingo pasado acudí a una exposición de fotografías antiguas del Paris de comienzos del siglo XX, y mientras recorría las salas casi vacías de público pero cargadas de una extraña vida, llenas de un delicado misterio que planeaba sobre los cientos de imágenes en sepia que daban cuenta de una ciudad y un tiempo que ya no existen, me embargó un cierto estupor, una extraña sensación de estar penetrando un lugar sagrado, un espacio sobrenatural que obligaba a guardar silencio a perturbar lo menos posible el débil latido, el aliento casi imperceptible que aún brotaba de aquellas fotos. Al abandonar la exposición tuve la certeza de haber dejado atrás no solo un espacio físico sino una pequeña burbuja llena de otro tiempo. La calle y la luz del día me parecieron menos reales y consistentes que la vida y los instantes que atesoraban aquellas fotos que se me antojaban pequeñas ventanas de 18 x 24cm asomadas a nuestro presente desde un pasado remoto y dormido, desnaturalizado y huérfano, un pasado impunemente aprisionado por la lente fotográfica; entonces pensé que eran ellas quienes nos miraban desde la otra orilla del tiempo ajenas a la extraña fascinación que producen, al dulce misterio que exhalan y que me afanaba yo por descifrar, irremediablemente condenadas a reproducir una y otra vez el mismo instante fugaz, ese momento irrecuperable de un tiempo perdido que hace mucho yace sepultado bajo innumerables capas de olvido.

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Sobre la escritura

•10 mayo, 2011 • Dejar un comentario

Cuando Proust escribió su famoso ensayo “Contra Saint-Beuve” lo hizo motivado por el convencimiento del error en que había incurrido el famoso crítico literario al creer que la obra de un escritor se comprende mejor estudiando su vida. Saint-Beuve creía que era imprescindible conocer las opiniones, los comentarios, los puntos de vista particulares de un autor acerca del arte, la música, la literatura o cualquier otro asunto si queríamos poseer las claves de su pensamiento, comprender sus verdaderas motivaciones o simplemente clarificar los puntos mas oscuros de su obra. Es decir, que según Saint-Beuve obra y autor coexisten amalgamados en un todo indivisible. Esta idea incomodaba profundamente a Proust que sostenía que el yo escritor era una entidad independiente surgida solo en el momento de la creación literaria, conjurada desde lo más hondo del ser y que actuaba como catalizador de la realidad, realidad esta, que transfigurada por la alquimia del tiempo, recuperada por acción de la memoria involuntaria y tamizada por efecto de la imaginación, reaparecía en la escritura, renovada, revitalizada, universalizada. Y es que Proust es el más indicado para desmentir este equivoco de la indivisibilidad entre obra y autor, pues su vida es el ejemplo mas claro de la discrepancia entre el yo escritor y el yo social. El dandi ávido de experiencias que aspira a penetrar en el exclusivo Fabourg Saint Germain, en efecto, poco tiene que ver con el Marcel narrador de “A la Recherche” y su capacidad de penetración psicológica que pone al descubierto la realidad última de las cosas. Es precisamente ese joven mundano, locuaz, adulador y un poco frívolo que despunta en los salones de la burguesía como escritor diletante y cronista de la alta sociedad, el mismo que años mas tarde se recluirá voluntariamente en la penumbra de una habitación protegida del ruido por placas de corcho, renunciando no solo a las mieles de la vida mundana sino incluso a la luz del día hasta convertirse en un ave noctura, con el único proposito de llevar a cabo y lejos de cualquier distracción su más ambicioso proyecto, la novela definitiva que encerrará lo mejor de su pensamiento, su particular visión del tiempo y sus efectos en la consciencia, el misterio de la  memoria y sus resortes, en definitiva esa novela  a la cual sacrificará su propia vida y dedicara sus escazas fuerzas hasta consumirlas por completo en un intento de creación literaria sin precedentes

Habitaculos

•26 febrero, 2011 • Dejar un comentario

Por alguna extraña razón ciertos recuerdos  adquieren, pasados algunos meses o incluso años,  un significado mayor que aquel que creíamos darles. Como si fuera necesaria la distancia impuesta por el tiempo y el barniz de la nostalgia, al igual que ocurre con la madera de algunos instrumentos cuya resonancia mejora con el paso de tiempo y la fatiga del uso, para que finalmente ellos nos revelen su verdadera esencia, su enorme valor, su huella indeleble. Acaso llegamos a intuir un pequeño destello de esa vida, del eco profundo que resonará largamente en los habitáculos de nuestra mente, en el instante mismo en  que se desarolla esa vivencia, cuando nos percibimos a nosotros mismos, no sin cierta extrañeza, atravesando la eternidad de esa hora maravillosa en la que somos testigos de nuestra rendición, del desbordamiento de nuestra individualidad  en un torrente que se comunica con todo aquello que nos rodea. O tal vez esa intuición no sea otra cosa que la anticipación gozosa de ese instante de lucidez, de esa sensación de levedad que saboreamos cuando somos plenamente conscientes del momento presente. Algunas veces una simple caminata por el campo, la contemplación de una flor, la lectura de un libro o  simplemente un olor  son suficientes para despertar  nuestra consciencia al misterio del tiempo y la mutabilidad de la memoria

Un cielo opalino

•20 febrero, 2011 • Dejar un comentario

El otro día dando un paseo  por algún lugar entre el rosal y subachoque, siguiendo un camino de herradura franqueado por enormes eucaliptos y bajo un cielo cubierto y lechoso, tuve la sensación de estar en otra época, de ser un viajero en el tiempo, de no ver nada que  pudiera recordarme o remitirme al presente que me había tocado vivir. Me pareció entonces que aquel momento era perfecto, que aquella soledad en medio del campo acompañada de una brisa leve y balsámica, unida a las delicadas ondulaciones marinas del las colinas recortadas contra un cielo de ópalo  y a la inquebrantable verticalidad de los robustos troncos que me señalaban el  sendero como viejos compañeros de viaje, diluía en el viento todas mis preocupaciones y remordimientos como queriendo hacerme participe de aquel espectáculo tan ajeno a lo mundano, tan indiferente a cualquier tipo de sufrimiento y que parecía gritarme a la cara que no importaba cuanto tiempo pasara,  todo seguiría estando en su sitio, como lo había estado desde siempre y de acuerdo a  un orden superior que no entendería nunca  pero que en aquel instante de comunión podía atisbar.  Tuve la misma sensación de plenitud  y embriaguez que describe el protagonista de “A la Recherche” cuando visita por primera vez La Raspeliere y contempla desde el coche que amablemente le han enviado los Verdurin para recogerle en el hotel de Balbec y llevarle hasta su casa de campo, la visión del acantilado con las ondulaciones montañosas del mar, la profundidad del golfo y  la vivacidad y pureza del aire en aquel elevado punto de la costa normanda, y “cada árbol, cada casita medio en ruinas bajo su rosal” en una especie de exaltación del ánimo que le impulsaba a estrechar contra su corazón a Mademe Sherbatoff  que en aquel momento viajaba a su lado. De pronto  tuve la certeza de que en cualquiera de las sinuosidades de mi camino aparecería el coche de los Verdurin  con los ilustres invitados abordo y yo vería sus caras extasiadas señalando algún punto del paisaje y quizás me harían un vago gesto en respuesta a mi saludo y  los vería perderse para siempre en la densa nube de polvo que irían dejando regada tras de si.

Contra Corriente

•6 diciembre, 2010 • Dejar un comentario

 

Irremediablemente los años pasan y  a medida que  consumimos nuestra pequeña porción de tiempo nos vamos abandonando, nos dejamos arrastrar dócilmente por las corrientes de la vida que dulcemente nos conducen hacia las aguas del olvido, el conformismo y la indolencia. Sin embargo, para aquellos que han sido tocados por el misterio de su palabra,  su imagen seguirá estando ahí, en el centro de todo, como la luz persistente de un faro que  guía en medio de la cerrada noche, que surge desde la eternidad del pasado para auxiliar a aquellos que se han perdido explorando sus mares interiores.  Pocos hombres han llegado tan lejos como él,  pocos se han tomado tan en serio  la tarea de conocerse a sí mismos y quizás ninguno ha sido capaz como él de detener el tiempo para emprender ese largo y definitivo viaje de la memoria del cual no se regresa. Ese es el verdadero viaje a la semilla, el que se hace a contracorriente, como el salmón río arriba remontando la corriente para depositar los huevos en el lugar más seguro donde todo debe comenzar una vez más; y luego morir de agotamiento sí, pero con la tranquilidad de haber contribuido a la perpetuación de la especie. Así mismo murió Marcel Proust con la tranquilidad de haber puesto la palabra fin después de más de trece años de arduo trabajo, con la certeza de haber dado su parte de contribución a la especie, compartiendo en un acto de infinita generosidad todos sus recuerdos, impresiones, interpretaciones y reflexiones,  y finalmente con la seguridad de haber alcanzado la inmortalidad.

Un poeta persa en una cabina de conserje

•29 septiembre, 2010 • Dejar un comentario

El ejemplo más claro de una vocación que obliga a la renuncia de las cosas más queridas desde el punto de vista del afecto y que impone desde dentro una relación con el mundo esencialmente utilitaria, en función de la obra de arte que está destinada a ver la luz, es Marcel Proust. Las circunstancias excepcionales de su vida, su destacada posición social, su desahogada situación económica,  su cada vez más deteriorada salud debida a un tipo de asma nerviosa, unidas a una rara predisposición a la observación y la ensoñación, hicieron posible el surgimiento del genio: ese  sutil e indiscreto observador, ese refinado y brillante conversador que con su irresistible encanto y sus delicadas maneras supo ganarse el favor del pequeño y selecto círculo del Faubourg Saint Germain. Ese ser de rostro pálido y mirada oriental que se convirtió en un habitual de los salones aristocráticos más importantes de París y que una Madame Lemaire o una Condesa de Chevigne pronto incluyeron en su variopinta colección de celebridades destinadas a engalanar sus memorables veladas.  No es difícil  imaginarlo sentado en un rincón, escuchando con aire ausente una conversación animada, con ese  gesto que ha sido inmortalizado en algunas fotos suyas donde aparece con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y apoyada sobre su mano izquierda, escrutándonos con esa mirada  inteligente y  profunda,  tan característica  y que  parece decirnos que le ha bastado con vernos una sola vez  para conocer nuestro yo más íntimo. Si ha podido llegar tan alto  y si ha logrado conquistar el corazón mismo del mundo elegante de “Guermantes”  no es por otra razón que para ser testigo de lo que allí se cuece, de las fuerzas que confluyen y escenifican lo que él consideraba la obra de arte viviente más sublime: ese complicado ballet  de  gestos,  esa sutil coreografía de formas, ese estudiado juego de movimientos que ritualizan hasta el acto más sencillo y cotidiano y que hacen parte de una cuidada puesta en escena que tiene como protagonistas a esos hombres y mujeres, esa raza de seres míticos que pertenecen al mismo linaje de los protagonistas de las novelas de Saint-Simon y Balzac y que han mantenido  casi inalterado  todo el antiguo ceremonial versallesco.  Ha sido no obstante su insaciable curiosidad y la incomoda sensación de extrañeza frente a todo lo que le rodea y de extrema fragilidad ante la vida,  lo que le ha obligado a buscar refugio en las tertulias de sociedad y en el lujo de un ambiente insano; el de ese mundo que antaño le sedujo procurándole tantos momentos de sosegado placer y contenido asombro y en el que creyó percibir ese aura sobrenatural cuando aún era un no iniciado y se paseaba por la Avenue Gabriel, todos los días, a la misma hora, esperando el breve instante en que su camino se cruzaba con el de la Condesa de Chevigne, únicamente  para contemplar el bello espectáculo de su alargada figura adornada con un sombrero de flores azules que realzaba la fría belleza de sus también azules ojos, pero cuya atmósfera opresora llegará a resultarle irrespirable y terminará por agravar su enfermedad: esa rara dolencia que termino por postrarle definitivamente en una cama, no dejándole ver el mundo más que a través de un fino cristal protector y que terminó por recluirle en una habitación recubierta de corcho e iluminada con una tenue luz. Ese cuarto en eterna penumbra que será su refugio: el silencioso útero donde alumbrara a lo largo de trece fatigosos años, su gran novela “A la Recherche du Temps Perdu” gigantesca catedral gótica de la memoria. Pero antes y para que este prodigio ocurra será necesario hacer provechosas todas las circunstancias de su vida, incluso su propia enfermedad, pues todas ellas han de servir para dar forma a ese enorme edificio que se ha propuesto levantar  y que se  convertirá en su única y más dichosa obsesión.Así mismo deberá procurar el momento propicio, la hora más rica y productiva, aquella que hará de sus noches día y permitirá traer al instante presente la verdadera vida, no la vivida, cuya vigencia es finita, sino  la que uno recuerda que vivió; esa que no tiene barreras y que constantemente se renueva y se recrea en el acto mismo de recordar. Ese rememorar involuntario, provocado por el repentino olor de un perfume o el sabor de una magdalena mojada en el té, donde el flujo de la consciencia se despierta al mundo de lo semejante, permitiendo que la legalidad del recuerdo irrumpa excitando las infinitas correspondencias y afinidades que existen en nuestro interior. Es justo allí donde radica la verdadera belleza y originalidad de “A la Recherche” pues su prosa es fruto del imperio frenético y tiránico de esa “mémoire involontaire” que hace que la vida emerja transfigurada en un torrente de palabras, imágenes y sentimientos que nada tienen que ver con el recuerdo consciente y que  línea a línea van dando forma al tupido tejido que es el texto de la novela: ese tapiz de innumerables arabescos, de raros e intrincados patrones donde se dibuja la realidad de las horas más triviales y cotidianas,  la filigrana de ese tiempo ocioso cuyo poderoso eco resuena en lo más hondo de nuestro ser, donde se destila la quintaesencia, el perfume secreto de esas horas que se nos revelan como lo que son en realidad: el tiempo más poblado y lleno de significados, esa hora fugaz en la que hemos experimentado un instante de la eternidad misma y el cual solamente puede ser recuperado, redimido, rescatado, traído nuevamente al presente  mediante el más inaprensible ejercicio de auto-inmersión.

 

•3 abril, 2010 • Dejar un comentario

“Y sin embargo, aquel cuarto que la voluntad de Swann anheló con tanta pasión aún debía de conservar para él algunas dulzuras, a juzgar por lo que me ocurría, porque para mí no había perdido todo su misterio. Al entrar en casa de Gilberta no ahuyenté yo de allí la singular seducción en que por tanto tiempo supuse que se bañaba la vida de los Swann; la hice retroceder, porque estaba domada al presente por ese extraño, ese paria que yo era antes, y al que ahora ofrecía graciosamente la señora de Swann, para que tomara asiento, un sillón delicioso, hostil y escandalizado; pero, en el recuerdo aún sigo percibiendo en torno mío la seducción aquella.  ¿Será porque los días que me invitaban a almorzar para salir luego con Gilberta y con ellos imprimía yo con mi mirada -mientras que estaba solo esperando- en la alfombra, en las butacas, en las consolas, en los biombos y en los cuadros la idea, en mí grabada, de que la señora de Swann, o su marido, o Gilberta, estaban a punto de entrar? ¿Será porque desde entonces esas cosas han vivido en mi memoria junto a los Sawnn y acabaron por tomar algo de ellos? ¿Será porque en mi conciencia de que lo Swann pasaban sus días en medio de esas cosas las convertía yo todas en algo como emblemas de su vida particular y de sus costumbres, de aquellas sus costumbres de las que estuve excluido tanto tiempo, que hasta cuando me hicieron el favor de entremezclarme a ellas seguían pareciéndome extrañas? Ello es que cada vez que pienso en ese salón, que a Swann le parecía (sin que esa crítica implicara en ningún caso intensión de contrariar los gustos de su mujer) tan abigarrado, porque fue concebido con arreglo al tipo, medio estufa, medio estudio, del cuarto donde conoció a Odette, luego ella empezó a sustituir aquella mezcolanza de objetos chinos, que ahora juzgaba un tanto “de relumbrón” y de “segunda fila”, por innumerables mueblecillos forrados de sederías antiguas Luis XIV, sin contar las admirables obras de arte que se trajo Swann de la casona del muelle de Orleáns; ese salón, digo, tan compuesto, cobra en mi memoria particular cohesión, unidad y encanto tales como nunca los tuvieron para mi los más intactos conjuntos que nos ha legado el pasado, ni esos otros, aun vivos, donde se graba la huella de un individuo; porque solo nosotros podemos dar a ciertas cosas, gracias a la creencia de que tienen una existencia aparte, un alma, que luego esas cosas conservan y desarrollan en nosotros mismos.”

Tomado de: “A la sombra de las muchachas en flor” de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust